Quien empieza escribe a trompicones: una palabra conocida sale volando, luego viene una pausa, luego el acelerón siguiente. Quien tiene práctica escribe a un ritmo constante, y ese ritmo acaba siendo más rápido aunque una palabra suelta tarde más.
El motivo es sencillo: la pausa suele costar más tiempo del que ahorró el acelerón. Durante la pausa la mano busca su sitio o el ojo busca una tecla, y cualquiera de las dos cosas cuesta más que unas cuantas letras algo más lentas.
Practica a propósito por debajo de tu velocidad máxima. Elige un ritmo al que no se atasque nada y mantenlo durante toda la línea. La velocidad llega sola en cuanto desaparece la irregularidad.
El ejercicio usa palabras corrientes de longitud parecida, para que el ritmo se mantenga constante aunque cambien las palabras.