El vocabulario es enorme, pero su uso es muy desigual: unas doscientas palabras, las más frecuentes, forman gran parte de cualquier texto. Aparecen constantemente, sea cual sea el tema del que escribas.
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Justo por eso vale la pena enseñarle estas palabras a la mano por separado. Una palabra frecuente que sale de una pasada ahorra tiempo cada dos frases. Una palabra rara que sale de una pasada no ahorra casi nada.
Las más frecuentes son cortas, de dos a cuatro letras, y después de un par de docenas de repeticiones la mano empieza a producirlas como un único movimiento, sin pensar en las letras. En eso consiste de verdad aprender mecanografía: no en una pulsación más rápida, sino en una secuencia que la mano ya se sabe.
El ejercicio mezcla treinta de las palabras más frecuentes. Cuando salgan sin pensar, ya dominarás una buena parte de cualquier texto real.